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La prisionera  – Páginas 255-256

Verdad es que Saintine, antes la flor de la camarilla Guermantes, fue a buscar fortuna y, creía él, punto de apoyo en un medio burgués híbrido de pequeña nobleza en el que todo el mundo es muy rico y está emparentado con una aristocracia que la gran aristocracia no conoce. Pero madame Verdurin, que conocía las pretensiones nobiliarias del medio de la mujer y no se daba cuenta de la posición del marido (pues lo que nos da impresión de altura es lo que está casi inmediatamente por encima de nosotros y no lo que nos es casi invisible, hasta tal punto se pierde en el cielo), creyó que debía justificar una invitación A Saintine alegando que se trataba con mucha gente…>>. La ignorancia que este aserto, exactamente contrario a la realidad, demostraba en madame Verdurin puso en los labios pintados de monsieur de Charlus una sonrisa de indulgente desdén y de amplia comprensión.


La prisionera  – Páginas 247-249

No era mi primera duda sobre la virtud de Albertina la que acababan de despertar en mí las palabras de monsieur de Charlus. Otras me habían punzado ya; cada una nos hace creer que se ha colmado la medida, que ya no podremos soportarla, pero le encontramos sitio, y una vez introducida en nuestro medio vital, entra en colisión con tantos deseos de creer, con tantas razones para olvidar, que nos acomodamos a esa nueva duda bastante pronto y acabamos por no ocuparnos de ella. Queda sólo como un dolor a medio curar, una simple amenaza de sufrimiento y que, frente al deseo, del mismo orden que él, ha llegado a ser como el centro de nuestros pensamientos, irradia en ellos, a distancias infinitas, sutiles tristezas, y, como el deseo, placeres de un origen incognoscible, donde quiera que algo pueda asociarse a la idea de la persona amada. Pero cuando entra en nosotros una nueva duda, el dolor se despierta todo entero, y es inútil que nos digamos casi inmediatamente: <<Ya me las arreglaré, habrá un sistema para no sufrir, eso no debe de ser cierto>>; por lo pronto ha habido un primer momento en que hemos sufrido como si creyésemos. Si no tuviéramos más que miembros, como las piernas y los brazos, la vida sería soportable. Desgraciadamente llevamos en nosotros ese pequeño órgano que llamamos corazón sujeto a ciertas enfermedades en el curso de las cuales es infinitamente impresionable en todo lo que se refiere a la vida de una determinada persona y en las que una mentira -esa cosa tan inofensiva con las que vivimos tan alegremente, sea nuestra o de los demás-, si viene de esa persona, produce crisis intolerables en este pequeño corazón, que debería ser posible extirpar quirúrgicamente. No hablemos del cerebro, pues por más que nuestro pensamiento se ponga a razonar sin fin en esas crisis, no influye en ellas más que lo que puede influir nuestra atención en un dolor de muelas. Verdad es que esa persona es capaz de habernos mentido, pues nos había jurado decirnos siempre la verdad. Pero sabemos por nosotros mismos lo que valen esos juramentos cuando se los hacemos a otros. Y hemos querido darles crédito cuando venían de ella, que tenía precisamente el mayor interés en mentirnos y que, por otra parte, no la elegimos por sus virtudes. Cierto también que, pasado el tiempo, ya casi no necesitaría mentirnos, precisamente cuando al corazón no le importaría ya la mentira, porque ya no nos interesa su vida. Lo sabemos y, a pesar de saberlo, nos matamos por esa persona, bien porque nos hagamos condenar a muerte asesinándola, bien porque gastemos con ella en unos años toda nuestra fortuna, lo que nos obliga a suicidarnos porque ya no nos queda nada. Además por tranquilos que nos creamos cuando estamos enamorados, siempre tenemos el amor en nuestro corazón en estado de equilibro inestable. La menor cosa basta para situarlo en la posición de felicidad; estamos radiantes, colmamos de ternura no a la persona que amamos, sino a los que nos han realzado ante ella, a los que la han protegido contra toda mala tentación; nos creemos tranquilos, y basta una palabra -<<Gilberta no vendrá>>, <<mademoiselle Vinteuil está invitada>>- para que se derrumbe toda la felicidad preparada hacia la que nos lanzábamos, para que el sol se ponga, para que gire la rosa de los vientos y estalle la tempestad interior a la que un día ya no seremos capaces de resistir. Ese día, el día en que el corazón se ha tornado tan frágil, los amigos que nos admiran sufren porque tales naderías, porque ciertos seres puedan hacernos dañó, hacernos morir. Pero ¿qué pueden hacer? Si un poeta se está muriendo de una neumonía infecciosa, ¿nos imaginamos a esos amigos explicando al neumococo que ese poeta tiene talento y que debe dejarle que se cure? La duda, en lo que se refería a mademoiselle Vinteuil, no era absolutamente nueva. Pero incluso en esta medida, mis celos de la tarde, suscitados por Léa y sus amigas, la habían abolido. Una vez excluido ese peligro del Trocadero, yo sentí, yo creí haber reconquistado para siempre una paz completa. Pero de nuevo para mí era, sobre todo, cierto paseo del que Andrea me dijo: <<Fuimos acá y allá, no encontramos a nadie>>, cuando la verdad era que mademoiselle Vinteuil había citado a Albertina en casa de madame Verdurin. Ahora yo habría dejado con mucho gusto a Albertina salir sola, ir a donde quisiera, con tal de que pudiera yo recluir en alguna parte a mademoiselle Vinteuil y a su amiga y estar seguro de que Albertina no las vería. Y es que los celos son generalmente parciales, con localizaciones intermitentes, bien porque sean la prolongación dolorosa de una ansiedad provocada tan pronto por una persona como por otra a quien nuestra amiga pudiera amar, bien por la exigüidad de nuestro pensamiento, que sólo puede realizar lo que se representa y deja el resto en una vaguedad que, relativamente, no puede hacer sufrir.


La prisionera  – Página 221

Hemos visto a madame de Guermantes hablar de Cartier como del mejor amigo del duque de La Trémoïlle, como de un hombre muy buscado en los medios aristocráticos. Para la generación siguiente, Cartier es ya una cosa tan informe que casi se le engrandecería emparentándole con el joyero Cartier, cuando él hubiera sonreído de que unos ignorantes pudieran confundirle con éste. En cambio Swann era una notable personalidad intelectual y artística, y aunque no <<creó>> nada, tuvo la suerte de durar una poco más. Y, sin embargo, querido Charles Swann, a quien tan poco conocí cuando yo era tan joven y usted estaba ya cerca de la tumba, si se vuelve a hablar de usted y si pervivirá quizá, es porque el que usted debía de considerar como un pequeño imbécil le ha erigido en héroe de una de sus novelas. Si en el cuadro de Tissot que representa el balcón del Círculo de la Rue Royale, donde está usted entre Galliffet, Edmundo de Polignac y Saint-Maurice, se habla tanto de usted, es porque hay algunos rasgos suyos en el personaje de Swann.

La prisionera  – Páginas 206-207

Esto sucede en el momento en que Bergotte se está muriendo

Se repetía: <<Detalle de pared amarilla con marquesina, detalle de pared amarilla>>. Y se derrumbó en un canapé circular; de la misma súbita manera dejó de pensar que estaba en juego su vida y, recobrando el optimismo, se dijo: <<Es una simple indigestión por esas patatas que no estaban bastante cocidas, no es nada>>. Sufrió otro golpe que le derribó, rodó del canapé al suelo, acudieron todos los visitantes y los guardianes. Estaba muerto. ¿Muerto para siempre? ¿Quién puede decirlo? Desde luego los experimentos espiritistas no aportan la prueba de que el alma subsista, como tampoco la aportan los dogmas religiosos. Lo que puede decirse es que en nuestra vida ocurre todo como si entráramos en ella con la carga de obligaciones contraídas en una vida anterior; en nuestras condiciones de vida en estas tierra no hay ninguna razón para que nos creamos obligados a hacer el bien, a ser delicados, incluso a ser corteses, ni para que el artista ateo se crea obligado a volver a empezar veinte veces un pasaje para suscitar una admiración que importará poco a su cuerpo comido por los gusanos, como el detalle de pared amarilla que con tanta ciencia y tanto refinamiento pintó un artista desconocido para siempre, identificado apenas bajo el nombre de Ver Meer. Todas estas obligaciones que no tienen su sanción en la vida presente parecen pertenecer a otro mundo, a un mundo fundado en la bondad, en el escrúpulo en el sacrificio, a un mundo por completo diferente de éste y del que salimos para nacer en esta tierra, antes quizá de retornar a vivir bajo el imperio de esas leyes desconocidas a las que hemos obedecido porque llevábamos su enseñanza en nosotros, sin saber quién las había dictado -esas leyes a las que nos acerca todo trabajo profundo de la inteligencia y qué sólo son invisibles (¡y ni siquiera!) para los tontos-. De suerte que la idea de que Bergotte no había muerto para siempre no es inverosímil.

Le enterraron, pero durante toda la noche fúnebre sus libros, dispuestos de tres en tres en vitrinas iluminadas, velaban como los ángeles con las alas desplegadas y parecían, para el que ya no era, el símbolo de su resurrección.

El gran poder de concebir

La prisionera  – Página 188

Como por mis largos períodos de reclusión veía tan rara vez a esas muchachas, su vida me parecía -así ocurre a todos aquellos en quienes la facilidad de las realizaciones no ha amortiguado el poder de concebir –algo tan diferente de lo que yo conocía, y tan deseable, como las ciudades más maravillosas que el viaje promete.

La decepción experimentada con las mujeres que había conocido o en las ciudades donde había estado no me impedía dejarme captar por las nuevas y creer en su realidad.


La prisionera  – Páginas 187-188

Nos parece inocente desear y atroz que el otro desee. Y este contraste entre lo que nos concierne a nosotros y lo que concierne a la que amamos no se manifiesta sólo en el deseo, sino también en la mentira. Nada más corriente que ésta, trátese, por ejemplo, de disimular los fallos cotidianos de una salud que queremos hacer pasar por fuerte, de ocultar un vicio o de ir, sin herir a otro, a la cosa que preferimos. Esa mentira es el instrumento de conservación más necesario y más empleado. Y sin embargo, tenemos la pretensión de suprimirlo en la vida de la mujer que amamos, le espiamos, le olfateamos, le detestamos en todo. Nos subleva, basta para provocar una ruptura, nos parece que oculta las mayores faltas, a no ser que las oculte tan bien que no las sospechemos. Extraño estado este en el que hasta tal punto somos sensibles a un agente patógeno que su pululación universal hace inofensivo a los demás y tan grave para el desdichado que ya no tiene inmunidad contra él.


La prisionera  – Páginas 186

A decir verdad, yo había llegado con Albertina a ese momento en que (si todo continua lo mismo, si las cosas ocurren normalmente) una mujer ya no nos sirve más que de transición hacia otra mujer. Todavía está en nuestro corazón, pero muy poco; tenemos prisa de ir todas las noches en pos de desconocidas, y sobre todo de desconocidas conocidas de ella que podrán contarnos su vida. Y es que ya hemos poseído, ya hemos agotado todo lo que ella ha querido entregarnos de sí misma. Su vida es también ella misma, pero precisamente la parte que no conocemos, las cosas sobre las que la hemos interrogado en vano y que sólo de labios nuevos podremos recoger.